27 dic. 2016

CINEMA COLOMBIA 2016


Luego de un glorioso 2015 que trajo reconocimiento y un repunte crítico a las producciones cinematográficas engendradas en Colombia, la marea se mantuvo alta a nivel de exhibición con más de treinta títulos en cartelera, no obstante no logró tener la figuración notoria de festivales internacionales de gran peso. A pesar de no contar con Osos de Oro, algún Oscar o una Palma de Oro en Cannes hubo cintas como Los Nadie, Magallanes u Oscuro Animal que mantuvieron el nivel digno y aún ávido de mostrar nuevas producciones de este país criollo.



LA TAQUILLA QUE DA RISA

Como siempre, las pantallas locales iniciaron con los sabores típicos de comedia taquillera desde el 25 de diciembre y durante el período vacacional. El éxito monstruoso de asistencia de Uno al Año no Hace Daño en 2015 de Dago García Producciones quiso mostrar la misma eficacia en 2016 con una nueva secuela y los mismos borrachos de la primera edición, y aunque no superó su antecesora, logró convocar más de un millón de espectadores a las salas y siguió demostrando que el humor de estereotipos sigue siendo funcional en las familias promedio que asisten al cine de entretenimiento. Junto a su taquillazo navideño García estrenó este año dos comedias adicionales, Polvo Carnavalero, mostrando el contraste de idiosincracias entre los cachacos y costeños que ha funcionado muy bien como fórmula televisiva, y El Coco, una mezcla entre humor y terror de chistes simples enmarcados en una casa embrujada con el elenco de Sábados Felices, que terminó siendo la película más taquillera del año con 1.154.396 espectadores. Lo que indica que la tendencia no cambia: comedias de estereotipo reventando en ganancias y crítica feroz que no logra atraer al público para ver otro tipo de cine.

                 

La contraparte de la comicidad rentable vino por parte de las 'nuevas generaciones', con Take One Producciones entrando en pugna por el rédito con ¿Usted no Sabe quién soy Yo? y varios de Los Comediantes de la Noche en acción en una comedia de apariencias y despropósitos románticos con el patrocinio nada subliminal de la emisora Olímpica Stereo. La misma frecuencia radial le brindó auxilios al segundo largometraje cómico de Hassam, El Agente Ñero Ñero 7, una especie de Johhny English a la colombiana con chistes del estilo de Sábados Felices, con brazo financiero de Dago García y una alta productividad doblando en taquilla a su antecesora Güelcom to Colombia llegando a más de 700.000 espectadores. Finalmente, la gente de Dynamo se animó a producir un remake del exitoso Nosotros los Nobles con Malcriados, mostrando una familia acomodada venida a la quiebra que debe obligarse a trabajar para sobrevivir, en la segunda salida de Felipe Martínez (Bluff) como director.


OTRAS LOCACIONES, OTRAS ACCIONES

La cartelera tuvo espacio para acercamientos al suspenso y al western con varios títulos estrenados en 2016. Riccardo Gabrielli (La Lectora) rodó Cinco en Nueva York, con Carolina Guerra como una ladrona profesional que queda encerrada en un cuarto y debe buscar salida, en una muestra de buena factura técnica pero flojo desarrollo narrativo. En marzo se estrenó La Semilla del Silencio, debut del director Felipe Cano, con cierto homenaje al cine negro y metiéndose en la investigación de los falsos positivos hacia las altas esferas, con un aceptable esfuerzo por contar una historia policíaca, que finalmente faltó de ingredientes más sorpresivos. Coqueteando el western apareció en abril Malos Días de Andrés Beltrán, con visos al estilo Tarantino, gran selección de locaciones, y seguimiento de varios personajes tras unas esmeraldas que intenta infundir un western a la criolla, con resultados regulares en las escenas de acción. En un tono mucho más rural se estrenó Pariente, el primer largo de Iván Gaona, reconocido en la escena por sus cortometrajes aplaudidos (Los Retratos y El Tiple), y que se remonta a la región de Santander para mostrar una historia de amor y traición familiar con actores naturales, buscando fusionar las bondades de la ficción con el naturalismo más criollo.

Lo regional siempre cuenta. Todos los años hay miradas descentralizadas de nuestra óptica multicultural desde distintos parajes colombianos. Siembra (de Santiago Lozano y Ángela Osorio) es la tierra negra, la pena negra, un retrato de entorno donde hay añoranza de hogar, desde la óptica de una Cali marginal llena de nostalgia. Dos Mujeres y una Vaca (Efraín Bahamón) es el viaje que busca respuestas desde la ruralidad analfabeta de dos campesinas que añoran ver de nuevo al hombre de la casa y emprenden una travesía por el sendero de la vida y la muerte en los caminos del Huila. Oscuro Animal (Felipe Guerrero) es la joya del 2016 que muestra la huida de la guerra desde la angustia silenciosa de tres mujeres, en un denso pero hermoso retrato de la violencia rural y la búsqueda por evitarla. El Soborno del Cielo es el sexto largometraje de Lisandro Duque, una interesante crítica al poder religioso y su manipulación en los pueblos del interior, donde disputar la palabra de un cura se convertía en sacrilegio. Estos ejemplos desde otras locaciones, con entramados distintos y propósitos diversos, fueron esfuerzos que realzaron la calidad del cine colombiano durante este año.


OTROS GUERREROS REGIONALES

También regional, pero con menos fortuna o pretensiones distintas, se exhibió desde el Putumayo Chamán El Último Guerrero, una aventura selvática de la lucha indígena por liberarse del yugo blanco, donde el director Sandro Meneses intenta construir un héroe de acción, pero que peca por sus excesos gráficos, sonoros y una formación actoral muy incipiente. Desde Pueblorrico en la región antioqueña viene una película familiar con gestos de inclusión, Pasos de Héroe (de Henry Rincón), que cuenta el sueño de un niño afectado por una mina antipersonal que quiere ganar un campeonato de fútbol, con una mirada tierna y optimista desde la actuación infantil, pero que carga con varios vicios televisivos y que pierde novedad. A final de año se exhibió exclusivamente en Pereira Los Asombrosos Días de Guillermino (de Gloria Monsalve), aventura infantil rodada en 2003 y lanzada con bastante sacrificio en 2016, en un esfuerzo por estampar un nuevo largometraje hecho en Pereira, cosa que no sucedía desde 1926 con Nido de Cóndores.

Hacia los predios chocoanos apareció el terror de Saudó, segundo largometraje de Jhonny Hendrix (Chocó). Locaciones deslumbrantes, bastante trabajo de postproducción y un montaje ágil no impiden que la cinta naufrague por debilidad en la historia y un mito que se hace poco creíble, en uno de los exponentes de horror del presente año. Se estrenó de forma casi invisible la fusión entre cine de terror y policíaco Lamentos, de Julián Casanova, con sabor a Santander, y con alguna rotación internacional en festivales, pero muy poca exhibición en el país. Con un título casi homónimo se estrenó en septiembre la cuota de terror de Dago García El Lamento que, como todas sus cintas, cuenta con muy buena factura técnica pero poco sentido de la lógica y un relato que se deja llevar por entramados absurdos y la búsqueda infructuosa de descifrar el enigma de una muerte accidental. La nota récord sobre este rodaje es la increíble forma de trabajar de su director fetiche de este año, Juan Camilo Pinzón, quien en solo 7 años ha logrado facturar 8 películas en su cuenta personal, esfuerzo loable en un país donde germinar una película es un proceso de varios años.



INDEPENDIENTE INDISPENSABLE

El cine independiente colombiano se ha vuelto presencia inobjetable en la cartelera, que le paga de forma ingrata. A veces prefiere viajar primero a través de festivales y conquistar públicos ajenos y sensibles, pero cuando no tiene este chance viene a las pantallas, tiene una vida corta y se silencia por la ingratitud de la industria. En 2016  debutó Jacques Toulemonde con Anna, la historia de una madre bipolar que ama pasionalmente a su hijo y que fue nominada a los Goya 2017 como mejor película. Claudio Cataño debutó como director con la extraña Moria, llena de tristeza malvada, con la localidad histórica de La Candelaria convertida en un epicentro de melancolía hippie, que no logra capturar del todo. Otro debut provino de la tesis de grado de Juan Paulo Laserna con Las Malas Lenguas, relato psicológico en un entorno de señalamientos y prejuicios sociales sobre embarazos dudosos, que intentó innovar a través de formas y propuestas en edición, pero que no logra ser homogénea en su identidad visual.

         

Películas corales de carácter independiente también hicieron presencia en la cartelera. El tercer filme de Alexander Giraldo (180 Segundos) fue Destinos, un relato de autor, comprometido con las ansiedades y frustraciones de varios personajes que buscan su propia redención personal, con buenas actuaciones, pero sin una conexión especial entre las historias. Del mismo modo coral también apareció Carlos César Arbeláez (Los Colores de la Montaña) con Eso que Llaman Amor, centrado en Medellín, con personajes urbanos que viven el vacío de sus propias ausencias, aquellos amores incompletos, la intensidad del anhelo que la película acompaña de modo muy natural. Una cinta muy exitosa en el exterior fue Los Nadie, debut de Juan Sebastián Mesa que evoca la rudeza de los tiempos de Rodrigo D y la atmósfera callejera de Los Hongos, haciendo un retrato de una ciudad joven, rebelde pero esperanzada con vivir su juventud a su manera, un homenaje desenfadado a la libertad. Finalmente, y con promoción totalmente independiente se estrenó La Luciérnaga, de Ana María Hermida, el amor iluminado entre dos mujeres a través de la muerte y el duelo, que logró tener algunos reconocimientos internacionales. Lo que mantiene la tendencia de años anteriores: películas personales de corte humano más apreciadas en el exterior, que en esta tierra de la comedia 'idiotincrática'.


LOS NUEVOS MERCADOS

El género que ha logrado posicionarse gracias a los cines independientes es el documental, cada vez más visible en las pantallas grandes. Hubo de todas las calidades y perspectivas. Cabe destacar tres: Todo Comenzó por el Fin de Luis Ospina, el autorretrato del grupo de cine de Cali, una epopeya freak de cine, drogas, delirio y muerte; Paciente de Jorge Caballero, que de forma desnuda muestra el coraje y la lucha de una madre en un hospital porque su hija reciba la atención médica adecuada para contrarrestar un cáncer inflexible; y No Todo es Vigilia de Hermes Paralluelo, un relato lentísimo pero hermoso sobre el amor en la vejez y la resistencia al tedio vital de los años y a no ser separados sino hasta la hora final. Vienen luego los coloridos documentales de entorno como Aislados (Marcela Lizcano) y su hacinamiento insular en la costa Caribe, Ati y Mindhiwa (Claudia Fischer), que busca la convergencia de dos jóvenes indígenas entre la cosmogonía de la Sierra Nevada y la visión occidental de Bogotá, y Jericó (Catalina Mesa) con las mujeres de este pueblo paisa como sembradoras de nostalgia y una promoción bastante comercial para una cinta de este género. En un lugar menos decoroso pero siempre lleno de esfuerzo hay títulos como La Selva Inflada, con un Amazonas desesperanzado por suicidios juveniles, donde se sugiere pero nunca se cuenta y nos quedamos con una historia nebulosa; Home, el País de la Ilusión, con una visión muy personal sobre una mujer que ha vivido en varios países pero no ha podido definir su nacionalidad, con poca magia en la realización; y Hombres Solos, una semblanza sobre la triste miseria de los pescadores solterones del río Magdalena, con un tono de registro pero sin una narración que trascienda.

                    


El mercado de coproducción ya es un tópico dentro de la cinematografía local y gran porcentaje de los nuevos títulos cuentan con auxilios económicos de países solidarios con el celuloide colombiano. Tres directores extranjeros fueron partícipes dentro de este tipo de procesos. El español Fernando Vallejo hizo la adaptación del libro de Héctor Abad Fragmentos de Amor, con una Angélica Blandón adecuada como mujer fatal, y una historia de angustia erótica que complace a la mujer, atormenta al hombre, y cuenta con un cameo del escritor del libro original. Desde Costa Rica Esteban Ramírez publicó Presos, con el amor como pena y con la cárcel como centro emocional, donde el encierro es la puerta que abre y cierra las posibilidades del amor. Y Salvador del Solar desde el Perú dirigió Magallanes, intromisión en el pasado oscuro de un militar retirado que busca redimir sus culpas, con un cartel de lujo liderado por Damián Alcázar y Magaly Solier, y que se envuelve con veracidad en el abuso de poder. Todas las coproducciones tuvieron rotación en festivales foráneos y Magallanes fue la más destacada con premios en San Sebastián, Huelva, Lima, Marsella y Washington.


La apertura consolidada de espacios independientes, la formación de públicos para el género documental y la cada vez más común llegada de coproducciones con países latinos y europeos trabajando en llave han logrado ampliar la oferta, creando nuevos nichos, nuevas miradas y reiterando la posibilidad de ensanchar una industria incipiente. Los 37 estrenos del 2016 ofrecieron variedad de temas y estilos, siempre con la comedia triunfando en la taquilla y el cine de autor haciendo lo propio con la crítica, con una relevancia internacional no tan mediática como en 2015, pero sí con un mayor atrevimiento por explorar nuestra humanidad con temas más universales desde territorios muy locales.



18 nov. 2016

ÉPICA SELVÁTICA: EL ABRAZO DE LA SERPIENTE



Adentrarse en la selva puede ser un viaje sin retorno. Quienes logran sobrevivir vuelven a la civilización convertidos en nuevos seres. No es una aventura apta para cualquier sujeto, y para entrar en sinergia con la naturaleza es necesario dejarse llevar por una distinta y fabulosa sabiduría ancestral. A Ciro Guerra y Cristina Gallego siempre les inquietó la idea de introducirse en la magia amazónica y nadar en las aguas de un conocimiento ajeno, lleno de mística, gobernado por una cosmogonía inusual, donde la anaconda, el jaguar y los animales selváticos cobran vital importancia para la vida de la tribu. Su terquedad resiliente logró que se hiciera visible en 2015 El Abrazo de la Serpiente.


Ciro Guerra, el mediador del blanco y el indio.
Inspirada en los diarios de viaje de dos exploradores europeos a comienzos del siglo XX, la película desarrolla dos historias similares con un solo protagonista indígena cohiuano, Karamakate, quien revela una personalidad desafiante y recelosa en su juventud, y una serenidad resignada y sin alma en su vejez. El centro de la aventura es la Yakuruna, flor sagrada camuflada en la lejanía que contiene grandes secretos botánicos y espirituales, y por la que los dos exploradores, en épocas distintas, emprenden una azarosa búsqueda junto a Karamakate.

El entrelazado narrativo de las dos historias abre la impresión inmediata de un intenso contraste cultural, donde hay una puja por defender un conocimiento de lado y lado, y en la que entra el recelo como ingrediente crucial para no revelar secretos milenarios. El tono materialista del blanco toma notoriedad en su equipaje vasto, su necesidad ansiosa de comida, su música de vitrola y su ansiedad de explotación industrial; el tono esencial del indígena figura en sus ropajes escasos, sus dietas de prohibición, el sonido del río como música y su respeto por la fauna y flora de la espesa selva. Hay un continuo tira y afloja entre las virtudes y defectos de los dos conocimientos, y durante todo el filme la divergencia es protagonista.

Karamakate, la esencia del ancestro.

Pero el guión de Ciro Guerra y Jacques Toulemonde no sólo se remite a señalar las diferencias culturales, sino visibilizar el continuo perjuicio que el blanco ha causado al indígena por invadir su territorio. La fiebre hostil de las caucheras se expone en cuadros conmovedores, donde el mismo Karamakate grita con furia 'El caucho significa la muerte'. La obligada visión religiosa de Occidente retuerce los pensamientos de los nativos, creando Mesías falsos y oraciones ajenas, alejándolos de su respeto ancestral por la Tierra y los seres vivientes. Mientras tanto, la desconfianza y el recelo crece con las falsas promesas del blanco, quien llega a 'civilizar' el entorno con una tierra prometida desgastada en ladrillo y ansiosa de devorar un verde inocente, próxima víctima del rencor industrial.

Parte de la sorpresa agradable durante ese rodaje de siete semanas fue la selección de actores nativos. Nilbio Torres (Karamakate joven), oriundo de aquel Vaupés cubeo,  se llena de recia personalidad y coraje brutal para enfrentar los rigores del río y las ambiciones del blanco. Entretanto Antonio Bolívar (Karamakate viejo), un septuagenario de la casi extinta tribu ocaina, es un sabio fantasma sin recuerdos, de tensa pasividad, poseedor de una misteriosa sabiduría y un manejo sereno de los tiempos y las pausas. Complementa el reparto de origen indígena Dionisio Ramos, ticuna del Amazonas, con un abnegado papel de sirviente leal del blanco, cómplice y testigo de la magia, la muerte y la belleza del protagonista sin voz pero con gran voto durante todo el filme: el Río, majestuoso, imponente, sabio, dador de vida y muerte, el conducto principal de esta aventura.

Un épico road movie fluvial.
El trabajo de coproducción fue clave para poder sacar adelante este proyecto. Colombia, Argentina y Venezuela unidos en la causa de la odisea aborigen, con un presupuesto ajustado, unas últimas semanas de rodaje difícil y locaciones tan maravillosas como inaccesibles entre las que cuentan el río Igará-Paraná y los imponentes cerros de Mavicure. Fotografía ejemplar en blanco y negro, de aplicada observación en aquel road movie fluvial, remontando brazadas de remo de los primeros años 1900 con un arte y maquillaje cuidadosos, con una producción agotadora que vadeaba caudales y sorteaba obstáculos naturales; la música es reverencial, se entremezcla con la selva monocromática entre cantos indígenas y nos invita a un viaje remoto y sin fronteras; entretanto el montaje juega a dos universos paralelos con un mismo protagonista en décadas distintas, jugando con el río como hilo conductor.

                  

Los reconocimientos en Cannes, la nominación al Oscar y su paseo legendario por varios festivales del mundo son la muestra de un río audiovisual de buen caudal. El homenaje a la cultura amazónica, la denuncia informal del maltrato blanco, la exhibición corajuda de una selva monumental a blanco y negro, el buen recurso humano actoral y técnico, y la enorme capacidad de no dejarse vencer por la corriente hacen de El Abrazo de la Serpiente una película compacta, mística, algo surreal pero sensata, una épica selvática en busca de la sabiduría indígena que cada vez más se refunde entre el verde desconocido de la jungla inmensa.





13 oct. 2016

BOZ SCAGGS - BOZ SCAGGS


Podría haber sido una especie de Van Morrison americano en aquella época. Sin embargo, las ventas y la poca difusión no lo quisieron así. Pero el tiempo, los pergaminos y los talentos que se unieron para crear Boz Scaggs (1969) le han representado una gradual retribución de dividendos y buenas críticas. El músico oriundo de Ohio presentó un album debut con disquera grande -Atlantic- y logró retratar en distintos colores musicales un album muy americano soportado por el country, el blues, el soft rock y el blue eyed soul.

William Royce Scaggs no era nuevo en la escena musical de fines de los sesentas. Fue compañero de aventuras musicales de Steve Miller y grabó voces y guitarras en sus dos primeras placas. Además, tuvo un lapso europeo donde grabó un album solista inicial que se lanzó en Suecia pero que estuvo apagado para el resto del orbe. La iluminación discográfica dio su primer chispazo a través de su contrato con Atlantic, gracias a los favores de su amigo Jann Wenner, fundador de la revista Rolling Stone. Fue el debut oficial de Scaggs con Norteamérica.


MÚSICA CON MÚSCULO

El tejido muscular musical cimentó sus bases en la acertada elección de una pequeña cofradía de músicos de sesión conocidos como los Muscle Shoals: un inspirado Barry Beckett en los teclados y composiciones, un austero pero adecuado David Hood en el bajo, un tranquilo Roger Hawkins en batería, y cuerdas de cortesía por parte de Jimmy Johnson y Eddy Hinton, además de una sección de metales y coros femeninos que le inyectaron impresiones de gospel y soul al disco.

Pero el elemento clave en la grabación del LP fue el virtuoso Duane Allman, joven e inquieto talento guitarrístico del rock sureño de los Allman Brothers, quien se trajo una amalgama de emociones virtuosas en sus cuerdas y logró compactar un sonido vigoroso pero a la vez sentido. La unión de Scaggs, Muscle Shoals y Allman desembocó en el tremendo clásico blues "Loan me a Dime", cover de Fenton Robinson, solidificado por el Hammond conmovedor de Beckett, el acento apasionado de los vientos, la sobriedad versada de Allman y el canto sensible de Boz, la Voz. El tiempo se encargaría de revelar su grandeza.


  

DESENGAÑOS SOUL Y COUNTRY

La voz de pasión apacible de Boz comienza a dar las señales inequívocas del desamor en la mayoría del repertorio del disco. Con desengaño elegante se despacha en varios de sus títulos de no retorno y desencanto sentimental. Hay una intimidad expresiva en "I'll be Long Gone", combinación de dulzura y apasionamiento en un soul de buenos arreglos;  en la balada soul lastimera "Another Day (Another Letter)" existe la evocación de antaño y la resignación del abandono amoroso, muy al estilo Motown; el inconsolable destino lírico del disco crea resoluciones fatales en "Sweet Release (Desolation Avenue)" con un Scaggs cubierto de dolor y olvido en un track despierto pero ceremonial, y la guitarra de Duane piloteando la tristeza: 'Curse my pain/ Curse the sunrise every dawn/ On those sidewalks ran me ragged/ Yeah those cracks my only guide'.

               


Pero la desilusión también estaba coloreada de ruralidad musical.  Con bastante influencia del country
Scaggs se alinea en el campirano "Now You're Gone" retomando el tema de las relaciones fallidas; con un tempo más sereno pero no desprovisto de tonos campesinos "Look what I Got" mantiene el tono de reclamo amoroso, 'If you treated me right I'd be comin' home to you'; el desconsuelo con sabor country se cierra con un cover de Jimmie Rodgers, "Waiting for a Train", pura desesperanza en canto yodeling de Scaggs, violín nostálgico de Al Lester, bar polvoriento en el piano de Beckett y guitarra agraria de Allman. Fue el lado más sureño de Boz.


EL BOZ POSTERIOR

Boz Scaggs iría matizando con los años su corriente a tonos más sofisticados y se casaría con un estilo adulto contemporáneo impregnado de tonos soul, entre la euforia y la intimidad. Dos ejemplos de este LP, "I'm Easy", contando con una fuerte influencia del soul de  los sesentas, fue parte de la sustancia vibrante de algunos de sus clásicos posteriores, mientras "Finding Her" es melancolía madura, de arreglos finos y voz cuidada, una muestra del Boz reposado y sensible.

                            Allman y Scaggs, gran dupla americana.

Duane Allman, exquisito músico de sesión, fue el condimento sensible para que Boz Scaggs sonara americano sin ser muy blanco, muy negro o muy country. Su lamentable partida temprana en 1971 impidió ver posibles evoluciones musicales junto a Scaggs. Por su parte, Boz cambiaría de disquera, de músicos y de estilo para conquistar las audiencias del soft rock y la adultez reposada sería su estampa clave de éxito  en placas como Slow Dancer o Silk Degrees a mediados de los setentas. Su album homónimo es el rescate primario de su relación cercana con los sonidos autóctonos, haciéndolo una especie de Van Morrison americano, de finas fibras cuando se habla de melancolía, de ímpetu feliz cuando se habla de energía, un Scaggs anterior listo para conquistar a su propia gente. El tiempo se lo ha permitido de manera progresiva.




15 sept. 2016

EL SENTIDO DEL TEOREMA ZERO



¿Cuál es el sentido de la vida? ¿A qué vinimos a este mundo? Disertaciones filosóficas envueltas en un paquete surrealista nos trae en su entrega de 2013 en gran pantalla el siempre genial y caótico director Terry Gilliam, maestro de universos paralelos, realidades alternas y un imaginario desbordado, quien esta vez busca conjugar sus atractivos disparates distópicos con reflexiones filosóficas acerca del sentido de la existencia en El Teorema Zero.

Waltz y Gilliam, buscando un orden al caos.

BUSCANDO LA ESENCIA

Un brillante  pero tímido calculador de entidades llamado Qohen Leth (Cristoph Waltz) busca la discapacidad laboral para trabajar en casa y evitar un mundo exterior plagado de publicidad y gente extraña por doquier. Bajo el mandato de La Dirección. una entidad que parece controlar el planeta, Leth es comisionado para cumplir en su casa una misión tan audaz como desgastadora: lograr calcular la entidad más difícil, el Teorema Zero, que descifrará los grandes enigmas del Universo, su esencia y su sentido.

Qohen Leth, esperando ser iluminado por el sentido de su vida.

Aunque pareciera ir en la búsqueda metafísica y emprender un relato revelador, el guión se queda en la sugerencia y la interpretación personal sin llegar a un ámbito reflexivo de gran profundidad. Sin embargo, los componentes técnicos y artísticos que le brindan estructura a la cinta son de tan alta factura y absoluto deleite que nos hacen olvidar el fondo para dejarnos llevar plácidamente por la forma de este universo paralelo. Un mundo feliz lleno de colores extravagantes, vestuarios de látex y telas excéntricas, tonos sintéticos y colores chirriantes, publicidad sobreexpuesta de pantallas y neones, autos diminutos y señales de tránsito absurdas, un cosmos único e irrepetible camuflado en las calles de Bucarest, locación real de la película.


LOS ELEMENTOS ACTORALES DEL TEOREMA

El único ser oscuro es Leth. Ropajes austeros, cabellos ausentes, palabras cortas, agorafobia comprobada y una capilla venida a menos es su entorno. Christoph Waltz repite aplausos a través de una soberbia interpretación, un misterioso ser que no soporta la idea de un mundo consumista y que sólo espera la iluminación a su vida a través de una llamada telefónica que revelará su verdadero propósito en la vida.

Matt Damon es La Dirección. El Gran Hermano camuflado de tapiz.

El soporte actoral de Teorema Zero no pierde brillo y es garantía de credibilidad. David Thewlis interpreta al supervisor de Leth, medio chiflado y optimista, Tilda Swinton es una psiquiatra de domicilio virtual, Matt Damon es el mando de la Dirección, Ben Whishaw y Peter Stormare son matasanos de un mundo paralelo. Los talentos no tan conocidos de la extrovertida enamorada Melanie Thierry y del niño prodigio Lucas Hedges son valores agregados al componente actoral.


El deslumbrante universo de Terry Gilliam en Zero Theorem. 

Son Thierry y Hedges quienes buscan modificar el austero y opaco mundo del protagonista invadiendo su casa y su modus vivendi. Mientras Bainsley (Thierry) es herramienta de seducción, Bob (Hedges) es elemento de estímulo anímico. Ambos quieren sacar del limbo unipersonal a Qohen y mostrarle un mundo distinto donde tal vez logre encontrarle sentido a través de la compañía y las relaciones interpersonales. Una coyuntura emocional bien sonorizada a través del Creep de Radiohead estilizado desde la óptica jazz de Karen Souza.


EL NUEVO UNIVERSO DE GILLIAM

Bajo una estampa de surrealismo futurista se desarrolla la búsqueda del algoritmo perfecto que encaje y logre comprobar el Teorema Zero. Los recursos técnicos difieren de un posible futuro cibernético real y se desvían a ordenadores gigantes, gráficas de modelado 3D en tonos básicos y matemáticos, ausencia del chroma y efectismos barrocos, y una ingeniosa mirada de un futuro de algoritmos y tubos de ensayo que en medio de la tecnología se ven muy orgánicos. Cabe agregar la concepción del sexo impersonal del futuro a través de la interfaz tántrico biotelemétrica -con un diseño de vestuario bastante peculiar de Carlo Poggioli-  y un imaginario virtual que nos conduce a la ruta escapista de una realidad agobiante.

Terry Gilliam como siempre, ama despacharse en múltiples discursos que ronden la locura, el esclavismo moderno y los universos distópicos. Algunos guiños a Brazil en la consecución de un escenario laboral, esta vez no dominado por la burocracia sino por la excesiva publicidad y la siempre atenta mirada de un Gran Hermano laboral, que se deleita en buscar el orden para desordenarlo y volverlo a emparejar en un circulo vicioso sinfín, donde La Dirección se manifiesta a través de su certera sentencia 'El Caos es Rentable'.

                 


La parafernalia descollante de aquel escenario nos impresiona tanto que finalmente nos desvía de un verdadero propósito narrativo. Para disfrutar El Teorema Zero se debe contar con dos requisitos: ser seguidor del delirio surreal de Terry Gilliam, y buscar matices distintos al ver la película más de una vez, pues en medio de un discurso un tanto difuso, se puede encontrar la placidez siguiendo a Qohen, el hombre que puede llegar a ser humano y encuentre sentido a su existencia a través de una buena compañía. Bien lo puede resumir Bainsley en aquella disfuncional relación con Qohen, 'Yo necesito tanto que me necesiten'. Mientras tanto, resolver el dilema metafísico de la esencia del universo tendrá que apreciarse en otro filme, porque en el nuevo universo de Gilliam, surreal y de acogedor caos, nunca será revelado.